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La Fayona d´Eiros, gigantesca ausencia

Era un soberbio ejemplar desahuciado hace una década por el corte continuo de raíces

Dicen las malas lenguas que algunas comunidades autónomas declaran un número reducido de árboles monumentales para no ocuparse del resto. En Asturias esto no sucede. Es verdad que la cantidad de árboles declarados bajo la figura de protección denominada «monumento natural» es ridícula, pero ni siquiera éstos están protegidos o reciben una mínima atención.

De los 10 árboles monumentales hemos perdido uno, o sea, el 10 por ciento del arbolado monumental, o, si se prefiere, el 100% de las hayas monumentales? Y el director general nos explica con paciencia y resignación infinita que los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren..., que la culpa la tiene el viento o la desproporción del árbol o que en la última inspección, a finales del pasado año, el ejemplar se encontraba en perfecto estado de revista. Claro que, posiblemente, los inspectores fueron los mismos que en su informe sobre las zanjas de Abamia dictaminaron que tan sólo estaban afectadas unas raicillas superficiales (donde luego se demostró que se había amputado un 18 y un 20% del sistema radicular de los dos tejos más viejos). Hilillos de plastilina, que dirían otros.

No sabemos si se trata del despiste o el disimulo habitual, pero la Fayona d'Eiros era un soberbio ejemplar desahuciado desde hace una década. La causa principal, el corte continuo de raíces en el talud para el mantenimiento de la carretera, que favoreció la expansión de un hongo letal. Una vez más, se demuestra que estos árboles raramente sucumben de forma fulminante. A veces tardan tanto en morir que se olvida la causa que propició su fin. Por ello es imprescindible la protección de sus entornos y la prevención de los posibles daños tan habituales en ambientes humanizados y, sobre todo, la memoria necesaria para aprender de los errores.

En 2005 avisamos reiteradamente al señor Cristino Ruano de la Haza, el entonces director general de Recursos Naturales y Protección Ambiental del Principado, de la grave afección y el fin inminente que esperaba a la Fayona a causa del hongo «Meripilus giganteus» que la carcomía; hicimos también pública esta información en una carta a LA NUEVA ESPAÑA en la que anunciábamos que este hongo «más temprano que tarde determinará su caída» (LNE, jueves 17 de noviembre de 2005, en «Cartas al director»). Y lo hicimos en el contexto de una denuncia general sobre la dejadez de la Administración en la gestión de todo el arbolado monumental, porque para entonces ya habíamos constatado sobradamente que no sólo no existía prevención o protección de este patrimonio, sino que faltaban el más mínimo interés o plan serio de gestión, la formación de profesionales especializados, un mínimo presupuesto, vigilancia...

Hoy, igual que ayer, mientras contemplamos la inexorable decadencia de todo este patrimonio, podemos ver cómo se sigue utilizando la naturaleza y sus monumentos como reclamo turístico, como seña de identidad, como escaparate para la venta del paraíso natural, para editar folletos, libros y calendarios, para publicitar la imagen de la Administración municipal o autonómica... Y, sin embargo, no se mueve un dedo para conservar dignamente este patrimonio, que debiera ser un legado para el futuro.

Hoy, igual que ayer, la receta para empezar a invertir esta penosa situación pasa, entre otras cosas, por la planificación y la vigilancia (aunque no se haga caso de los avisos, una visita mensual por parte del guarda hubiera bastado para detectar el hongo). También, como venimos insistiendo hace demasiado tiempo, es necesaria una gestión a cargo de profesionales especializados para que las actuaciones, de ser necesarias, se hagan con todas las garantías y sin causar daños añadidos, como viene siendo habitual. Una ley de Patrimonio Arbóreo Monumental que ampare de manera efectiva los ejemplares más valiosos y la revisión a fondo de la política de gestión de estos monumentos serían, por otro lado, esenciales. Mientras tanto, hay otros pasos sencillos que pueden irse dando... el diálogo, la transparencia y el acceso a los documentos públicos que son prácticas comunes en países civilizados, por poner unos ejemplos.

Volviendo a la Fayona y a su futuro, hay que decir que tratar de «resucitar» el viejo árbol es empeño inútil, pero es preciso planificar qué se hará en ese espacio y con el enorme cuerpo, que sin duda aún puede tener un gran valor didáctico y estético. Recordemos a «Lázara», la antigua haya de la Fundación Lázaro Galdiano, en Madrid, que sucumbió a las obras de remodelación; pero, al menos, en desagravio, se han hecho un gran número de actividades artísticas, educativas y conmemorativas a su alrededor, que sin duda resultan de gran interés para preservar también la cultura del árbol.

Al ver el inmenso cuerpo derramado no podemos dejar de sentir una gran tristeza. Pero de ningún modo resignación, ya que no se trata de la muerte natural del viejo árbol que regresa al bosque, sino de la muerte anunciada del árbol maltratado al que un simple ventarrón derriba porque hace tiempo que estaba podrido. Los que la hemos conocido, y especialmente quienes convivieron con ella, sentimos que se ha hecho un enorme vacío y que es preciso llenarlo de algún modo con la vida y la belleza que representaba esta abuela de Eiros tan admirada y querida.

Por ello no olvidamos a los supervivientes, al tejo de Bermiego, que sufre una alarmante compactación del terreno junto a su tronco, o al rebollo de este mismo lugar, víctima de las remodelaciones continuas de su entorno. ¿No será éste un buen momento para replantear algunas cosas?

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