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Los bares-tienda sobreviven a la llegada de las grandes superficies comerciales gracias al turismo y al encanto que aún albergan sus paredes, de más de medio siglo
Una botella de sifón, de color azulón, se mantiene intacta en la esquina de la barra de Casa Cortizo, en Cedemonio, concejo de Illano. Hace tiempo que Magdalena Cortizo no aprieta la manecilla para darle fuerza al vermú con esta especie de agua carbonatada que ya no se sirve si no viene envasada en botella de plástico. «Cosas de la modernidad», explica ella.
Los años han ido colocando en las estanterías de su bar-tienda -que ya fundaron sus padres en el año 45- envases de tetrabrick, botellas de cristal y kilos de fabas envasadas al vacío. Pero, a pesar de las «modernidades», el bochinche aún mantiene el encanto de sus orígenes y ahora se ha convertido en una especie de museo donde los turistas paran a hacer un descanso y a disfrutar de la conversación relajada de Magdalena y su madre, Matilde García. En los tiempos que corren, de prisas y estrés, las modernidades y los expertos buscan lugares en donde desarrollar el movimiento de la «cultura slow», algo que las propietarias de Casa Cortizo descubrieron hace mucho tiempo y que profesan sin necesidad de escribir una teoría. Quien quiera comprobarlo no tiene más que acercarse.
Los bares-tienda fueron, y algunos todavía resisten, centro neurálgicos de la vida de los pueblos. En la posguerra, algunos valientes se atrevieron a echar a andar un negocio que muchas veces tenía más cuentas fiadas en sus libretas que cobradas sobre el mostrador. El arroz, la harina y el café se vendían por gramos y se servían desde los sacos de 50 kilos que se almacenaban a los lados del mostrador que hacía también las veces de barra de taberna.
«Eran otros tiempos la gente no tenía más que miseria y todo se compraba en los pueblos, a nosotros lo que nos mató fue la llegada de las pensiones, no por el dinero que la gente cobrara sino porque su llegada les obligó a ir a las villas para cobrar en los bancos y la gente empezó a aprovechar el viaje para hacer la compra del mes», explica Magdalena Cortina. Desde detrás de su barra de Casa Cortizo -«desde el que me voy a jubilar»- explica que el negocio exige mucha dedicación, pero «supongo que como todos los trabajos».
Pocos bares-tienda ha resistido al boom de las grandes superficies comerciales, pero aún hay quien quiere y puede seguir viviendo del negocio. Alberto Gamenol aguanta estoicamente la crisis y lo que le echen en su negocio del Pontigón, en el concejo de Valdés. Ahora sobrevive gracias a los turistas que se paran a la entrada de su tienda a comprar cestería o algún souvenir de recuerdo de su periplo por Asturias.
Los bares-tienda están a punto de convertirse en leyenda. Tal es así que algunos ayuntamientos como el de Coaña ha premiado la labor de los que un día regentaron uno de estos comercios, que además de abastecer a las bocas, sirvieron para dar conversación, favorecer la comunicación y para confiar en el vecino al que se le podían llegar a fiar grandes cantidades de dinero a la espera de que llegasen tiempos mejores. Como oro en paño guardan Magdalena y su madre, a modo de reliquia el libro de cuentas en el que fiaban a sus vecinos. Ahora ya no se fía, ni se vende por gramos el café pero por el resto todo sigue igual que al principio. En el año 1945, Matilde y su marido fundaron su negocio en Cedemonio y desde ese día han trabajado sin descanso. Un cartel que versa «abierto 25 horas al día» es el reflejo del trabajo dedicado al negocio, que « si aguantó la postguerra aguantará también la llegada del tetrabrik, nosotras nos conformamos», sentencia Magdalena.